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viernes, 10 de abril de 2009

Aotearoa: las lágrimas de Hinehukatere

Cuenta una leyenda Maorí que Hinehukatere amaba la Naturaleza y le encantaba escalar a los picos de las montañas y allí se pasaba las horas, los días. Un día decidió convencer a su amada Tawe, para que escalara con él al pico más alto y contemplara la hermosura de las montañas cubiertas de nieve. Ella no sabía escalar, pero decidió acompañarlo sólo por saber que era aquello que llenaba de brillo los ojos de su amado. Aquel día, cuando estaban muy cerca de alcanzar la cima, las montañas nevadas sintieron celos de la hermosura de Tawe, y se agitaron provocando una funesta avalancha que sepultó a Tawe, arrastrándola pendiente abajo, separando para siempre a los dos amantes.

Hinehukatere, con el corazón roto y el alma desgarrada, empezó a llorar desconsoladamente. Sus lágrimas no paraban de brotar y se convirtieron pronto en un torrente que empezó a fluir montaña abajo, congelándose y convirtiéndose en un hermoso glaciar.























Ka Roimata o Hinehukatere, es el nombre Maorí del glaciar (“las lágrimas de Hinehukatere”) que los descubridores occidentales bautizaron como Frank Josef en honor del emperador de Austria.

Fotografía: Glaciar Franz Josef, Nueva Zelanda, Isla Sur

lunes, 6 de abril de 2009

Aotearoa: Papatûânuku

Papatûânuku, la madre Tierra, emergió de entre las frías aguas del vasto océano. De sus entrañas surgió la vida, y así se pobló de árboles y pájaros. El hombre que surca el océano en su canoa busca el tûrangawaewae, un lugar donde estar, donde encontrar sus valores y principios. Perdido, extenuado, aquí al fin lo halla. El inmenso océano que lo trajo, y la larga nube blanca que lo observa, le recuerdan que su paso por Papatûânuku es efímero, cual frágil su vida.




















Papatûânuku, de acuerdo a la tradición maorí, es la madre Tierra.
Fotografía: Península de Coromandel, Nueva Zelanda, Isla Norte

sábado, 4 de abril de 2009

Aotearoa, la tierra de la larga nube blanca





























Aotearoa, Nueva Zelanda, en maorí significa la tierra de la larga nube blanca, porque así es como recibe al viajero este recóndito y maravilloso rincón del planeta.

Una vez leí que Nueva Zelanda era la isla más hermosa del mundo (bueno, en realidad son dos islas, norte y sur, y otras mucho más pequeñas.). Y doy buena fe de ello. Lo cierto es que aquí, donde aún existen los últimos bosques sin intervención humana, la Naturaleza se desborda por cada rincón y en el mismo día, a unas pocas horas de coche, uno puede estar tomando el sol en una playa, o pisando los hielos de un glaciar. Así es Aotearoa.




















La nación Maorí es además rica en leyendas. Una nación orgullosa de un legado cultural que guarda con celo. Es difícil acceder a sus tradiciones salvo las “representaciones histriónicas” para turistas que abundan en los circuitos de agencia, de los cuales, un servidor, huye espantado.













Inicio, después de varios años posponiéndolo, una serie de fotografías relacionadas con leyendas maoríes. Me atrajeron sus sitios sagrados, sus hermosos paisajes y sus leyendas.

Según cuentan las leyendas el primer humano en llegar a estas islas fue Kupe, a bordo de su canoa Matahourua. Kupe fue un gran jefe polinesio que vivía en Hawaiki. Profundamente enamorado de la mujer de su primo Hoturapa, permitió que éste muriera ahogado durante una tempestad en una de sus expediciones de pesca. A su regreso raptó a la viuda de su difunto primo, de nombre Kuramarotini, y huyeron juntos en su canoa. Durante su viaje tuvo que luchar contra monstruos, demonios y el gran pulpo Te Wheke-a-Mutarangi. Cuando estaban a punto de morir de inanición, Kuramarotini divisó una larga nube blanca en el horizonte. “He Ao !”, gritó.

Y allí debajo estaba Aotearoa, la tierra de la larga nube blanca...

sábado, 28 de marzo de 2009

Huangshan, la montaña amarilla (III): el teatro de los sueños

Durante el amanecer y el atardecer, Huangshan parece una montaña misteriosa. Cuando uno camina por entre las rocas y se desplaza en medio de este fenómeno atmosférico, rodeado por un mundo de ensueño, percibe que ha llegado al límite del cielo y al borde del mar, y siente como si estuviera en la cumbre más alta del mundo.




















Y es entonces cuando uno comprende por qué esta mítica montaña ha atraído siglo tras siglo a los mejores poetas chinos. El por qué enamoró emperadores y hasta cautivó a los inmortales que la visitaron. Y por qué el gran rebaño chino no cesa de visitarla día tras día.




















En este remoto y hermoso lugar probablemente se esconda parte de la magia de la creación. Y aquí, en el más absoluto de los silencios, el hombre se encuentra a sí mismo.



















Sólo cabe permanecer callado mientras el cielo se transforma en el gran teatro de los sueños.



















Mil pensamientos acuden uno detrás de otro, y en el mismo instante se van. En Huangshan se detiene el tiempo.



























Nunca olvidaré Huangshan.

domingo, 15 de marzo de 2009

Huangshan, la montaña amarilla (II): los candados del amor

Para subir a Huangshan, la mágica montaña amarilla, hay varios telesillas en distintas zonas para acceder a sus innumerables picos. También hay escaleras. Sí, escaleras. En China, civilización antigua donde las haya, ya se adelantaron hace muchos cientos de años a la globalización. Y que mejor forma de globalizar una montaña que llenarla de escaleras, con miles de peldaños.




























¿a qué pico quieres subir? Pues nada, coges y te subes 7,8 ó 9 kilómetros de escaleras. Sí, escaleras. Un peldaño tras otro, sin descanso. ¿qué elegimos mi compañera de viaje y yo? ¿el telesilla? Pues no, obviamente. Las escaleras. Un calor del demonio, una humedad infernal. El guía, con su sonrisa china de oreja a oreja, nos desea suerte y se dirige a coger el telesilla para esperarnos arriba, mientras nos dice al alejarse: “… un americano el año pasado subió los 8 km de escalones en 2 horas…”. Serás capullo, por qué lo has tenido que decir…..
Si no hay muchos chinos subiendo, las escaleras son más o menos transitables. Nosotros subimos un viernes …. para nuestra suerte. Pero el sábado, ay el sábado, una horda de chinos vociferantes, gritando por el móvil, sudando las especias que se cenaron el día anterior, eructando, escupiendo, la mayoría al borde del infarto, y pegados unos contra otros como un rebaño de borregos, literalmente colapsan las escaleras. ¿por qué suben por la escaleras y no por el telesilla? ¿alguna promesa, alguna tradición? Sencillamente, porque es más barato. Definitivamente, es peor bajar, que subir.




















Por el camino, subiendo, te cruzas continuamente con los pobres porteadores que suben escaleras arriba todo tipo de cosas: sacos de comida, bultos con sábanas, cajas de bebida, maderas, … y algunos, incluso chinas orondas que se cansaron de las escaleras. Sí, estos pobres diablos suben escalera arriba todos los víveres y utensilios que necesitan los varios hoteles que existen arriba, donde el rebaño chino, por la noche, comerá lo que estas pobres gentes suben con el sudor de su frente. ¿alguien se imagina subir 50 kilos a la espalda por unas escaleras de 8 km? A 10 euros cada subida.




















Un español, con un par, está en la obligación de borrar de la boca del guía las 2 horas que tardó el americano en subir. Ahora, tendrá que decir que una pareja de españoles lo subió en hora y media. Eso sí, sin camiseta, sudando como si estuviera uno en una sauna.
Y, a parte de ver el paisaje, ¿a qué sube el rebaño chino a esta montaña? Principalmente a las dos cosas que les venden en la agencia de viajes.

La primera, bien romántica: a poner un candado del amor por cualquier lado que perpetúe el amor de las parejas que suben metidas dentro del rebaño.

























Cuenta una historia, que un marido deseando el divorcio, subió a la montaña a buscar el dichoso candado para quitarlo y que con él, también desapareciera su esposa. Pero había tantos, que no fue capaz de encontrarlo, y así se le hizo de noche desesperado en su búsqueda. La noche era tan cerrada, que buscando el camino de vuelta, se despeñó. Y así consiguió el divorcio tan deseado. Pobre infeliz, no sabía que los guardas los quitan de vez en cuando para hacer sitio ….



















El segundo motivo de que el gran rebaño suba escaleras arriba es …. Bueno, lo dejo para la siguiente entrega. Vaya una pista por delante.

jueves, 5 de marzo de 2009

La espera















Aguardando la tormenta.

Una larga espera.

De ésta no me libra ni Dios.

O acaso es Dios el que me la manda.

Yo sigo esperando.

Hace frío.

La veo venir, pero ni me inmuto.

Que hermosa es, pero casi mejor que hago algo.

Me voy hacia ella, cuanto antes me alcance mejor. Ya no aguanto la espera.

martes, 3 de marzo de 2009

Autorretrato: el ciego del escritorio



















Cada noche, cada día, observo a un tipo escondido detrás de los iconos y ventanas de la pantalla de mi ordenador. Nunca había reparado en él, porque me pasaba inadvertido. Pero de repente, una noche, me detuve delante de la pantalla y allí le vi, como cada día, como cada noche. Esta vez me fije bien en él, y recordé: permanecía horas y horas, en silencio, escondido detrás de fotografías, saltando de carpeta en carpeta, de página en página, de sueño en sueño. Pero aquella noche me di cuenta de que era incapaz de ver.

Así que empecé a apartar ventanas, iconos y todo cuanto se interponía entre los dos. Y allí encontré a aquel tipo, delante de mi, en completo silencio. Ahora estábamos los dos solos, cara a cara. Pero él seguía sin poder ver, porque estaba ciego.

No sé cuánto tiempo permanecí observando su rostro, pero el hombre del escritorio no se movió. Cerré los ojos, y al volver a abrirlos, allí permanecía. Inmóvil. Ciego. Como cada noche, cada día.

No me atreví a preguntarle que era lo que le impedía ver, por miedo a descubrir que quizá yo tampoco pudiera ver. Por miedo a darme cuenta de la cantidad de cosas que mis ojos no ven.

Así que allí dejé al tipo ciego del escritorio, como cada noche, como cada día.

Y decidí dedicarme a atrapar con mi cámara lo que mis ojos no ven. Desde entonces, cuando cojo mi cámara, cierro los ojos y miro hacia el interior ..... pero sigo sin poder ver, como cada noche, como cada día.

viernes, 27 de febrero de 2009

Plan55

Mi gran amigo y fotógrafo Fernando Sturzenegger (Plan55) me sorprendió ayer con la agradable noticia de que había sido seleccionado entre los 10 finalistas de la categoría "conceptual y abstracto” del concurso internacional "Sony world Photography Awards, Cannes 2009”.

Este entrerriano de espíritu inquieto y alma solitaria, hijo de Gualeguay, argentino pues, posee el don del ojo fotográfico. Y eso lo supe desde la primera fotografía suya que vi.

Yo tengo a bien poder decir que el año pasado, en una disputada lucha, quedé en segundo lugar como mejor foto del año 2008 en el foro dZoom, por detrás del amigo Fernando.

Su fotografía “Fantasía, magia y misterio”, interminable como dice él, sospecho que es la nominada para el premio final de Sony, porque no indican que foto es. Esta obra de arte fue la que me ganó como foto del año dZoom 2008:




















Y esta es la mía, que quedó en segundo lugar “Daichi, historia de una muerte”

Lago en Kunming

Ahora, encerrado en su ostracismo y con la fama mordiéndole los talones “se siente como ser amigo de Dios y el Diablo a la vez”. Acaso ambos, quizá, se junten más de una vez a hablar con mi amigo Fernando.

Desde aquí te deseo toda la suerte del Mundo, Fernando. Espero verte en Cannes recogiendo el premio.

jueves, 12 de febrero de 2009

Huangshan, la montaña amarilla (I)

"No vale la pena ver ninguna montaña después de un viaje a las Cinco Montañas Sagradas, y ninguna de las Montañas Sagradas merece ser vista después de un viaje a Huangshan". Escribió alguna vez cierto poeta chino.

La montaña Huangshan está ubicada en la provincia de Anhui, sudeste de China.



















Cualquier montaña de por sí tiene su encanto especial, su magia y su misterio. Pero ésta, sin duda, es como pocas. Sus picos de granito de formas caprichosas y peculiares igual emergen solitarios en mitad de un valle, que se agolpan en camaradería apiñados unos contra otros. Estas morfologías contra toda regla y la peculiar mística del pueblo chino, han originado que cada uno de estos picos tenga un curioso nombre. Traigo algunos de mi memoria: el pico del loto, el pico de la cumbre brillante, el pico celestial, la roca Yangdang, el pico ascendente, el pico del león, ... son algunos de los nombre con que han sido bautizados.

Recuerdo haber preguntado a nuestro guía sobre el origen de alguno de estos nombres, a lo que él, sin apenas cambiar el gesto y con voz pausada (ademán propio de esta cultura que se torna mística cuando habla de sus tradiciones, en contra de su habitual descortesía y rictus histriónico), me respondió que sólo a través de los ojos de un chino se puede entender el significado de estos nombres. No fue la única vez que recibí una contestación así. Quizá pensaban que yo, por no tener los ojos rasgados ni encender varitas de incienso delante de un Buda, sería incapaz de comprender que el pico del león no se llamaba así porque tuviera la silueta del felino, sino por alguna antigua leyenda. O tal vez porque los pliegues de sus rocas, iluminados por el sol del atardecer, semejaban las melenas del rey de la sabana. Para ellos soy occidental: como hamburguesas todos los días, devoro películas de Swatzeneger y lo único que conozco de china es Jackie Chan. Cómo iba a entenderlo ...



























Y hablando del sol, no hay montaña como ésta que cambie tanto de color según le abrace la luz. Puedes estar viendo un pico de aspecto verdoso, oscuro, y en un abrir y cerrar de ojos se aparece amarillo, brillante. Huangsan es cambio continuo.

Pero si sus picos son peculiares, más aún lo son sus coníferas, que en más de 300 variedades se esparcen por doquier. Éstas crecen en los lugares más insospechados, en los lugares más difíciles, en los más inverosímiles. Una veces emergen de entre las grietas de una montaña, otras en mitad de una roca, otras parecen la bandera que marca una cima o emergen altivas de las entrañas de un barranco. Y a menudo se las puede ver en procesión, como si se tratara de una cuerda de montañeros cresteando por cualquier pico.



















Estas coníferas son famosas por su longevidad, pues la mayoría de ellas sobrepasa los cien años y las hay que tienen más de mil años.

Y aquí es cuando toca explicar porqué a esta misteriosa montaña se la llama “montaña amarilla” (Huangshan), cuestión que pocos conocen y menos allende la gran muralla. Yo, como soy un pobrecito occidental, debería de pensar que es evidente: el color amarillo que tienen las montañas cuando las da el sol. O eso le gustaría creer que pienso a cualquier guía chino.

Antiguamente esta montaña era llamada Yishan (algo así como la montaña verde oscuro). Y a fe que este color es el más apropiado, porque normalmente las nubes ocultan el sol y es el color verde oscuro el que predomina. Sin embargo, el emperador Li Longji de la dinastía Tang cambió su nombre en honor al legendario emperador amarillo Xuanyuan del que se dice que alcanzó la inmortalidad en estas cimas. Bonita alegoría a la longevidad de sus pinos, que sólo la mente mística de un chino es capaz de comprender ....

Huangshan es cambio, ya lo dije. Porque todo el paisaje antes descrito, además, está en perpetua transformación. Un mar de nubes inmenso como un océano e imponente como el Universo hacen las veces del manto de un mago, que hace aparecer y desaparecer sus montañas y sus barrancos. Lo mismo se puede contemplar un pico solitario saliendo del abismo de un barranco con la niebla como fondo, que al instante desaparece absorbido por la niebla y se levanta el telón de fondo dejando ver en la inmensa lejanía una cordillera de picos que se pierde en el más allá. Las nubes místicas se arrastran de aquí para allá, cambiando el escenario minuto a minuto. La neblina se eleva y disminuye, te abraza y de desvanece. Sí, Huangshan, la montaña sagrada, es cambio. Vive una perpetua y vertiginosa metamorfosis.



Por qué siempre hay niebla, se preguntará el inquieto lector. Hay que remontarse a la vieja China y a la trágica vida de sus habitantes. Cuentan los lugareños que había un apuesto campesino locamente enamorado de una bella joven de una plantación de té. Pero el señor de aquellas tierras, un despiadado tirano, prendado de la hermosura de la joven quiso convertirla en su concubina. La joven huyó. Pero el cruel tirano presa de la ira mandó decapitar al joven amante. Cuando la joven campesina se enteró, buscó el cuerpo de su amado en lo más profundo de las montañas donde los soldados del tirano habían arrojado su cuerpo. Desgarrada por el dolor al descubrir el cuerpo sin vida del joven, empezó a llorar desconsoladamente y las lágrimas no pararon de brotar de sus ojos. El cuerpo de su amado se convirtió en un arbusto de té, que rápidamente fue creciendo hasta cubrir todos los valles. Las lágrimas de la campesina se evaporaron conviertiéndose en la eterna niebla que recorre noche y día las montañas de Huangshan.



Para terminar, que mejor que recordar otra antigua leyenda. Como en la mayoría de las tradiciones chinas, los ocho inmortales están presentes (pero la de estos es otra historia):

Cuentan que en una ocasión, en la que estaban citados los ocho inmortales, Han Xiangzi no acudió. Zhang Guolao, sabedor de la admiración que las montañas causaban en Han, supuso que se habría entretenido en la contemplación de alguna de ellas camino de la reunión. Siendo Huangshan la más hermosa de ellas, Zhang corrió entre las nubes para ir en su busca. Y allí encontró a Han, sentado en un risco, fascinado con la visión de la montaña que había hehco olvidar su cita. Pero Han no quería marchar de allí. Ante las súplicas de Zhang, Han decidió esculpir una piedra con su figura y colocarla en el risco donde estaba apostado, de tal manera que supiera encontrar a la vuelta el lugar que le había cautivado. La piedra recibió el nombre de “la que enseña el camino al Inmortal” (por culpa de las trascripciones no se sabe bien la ubicación de dicha piedra, aunque algunos autores afirman que es la conocida piedra Yangdang).




















Concluye la leyenda narrando que ambos inmortales partieron de Huangshan montados en el burro en el que siempre viajaba Han, pero sentados hacia atrás: Han para seguir contemplando su montaña mágica y Zhang para vigilar que Han no se diera la vuelta. Aunque bien saben las estrellas que los vieron partir que ambos viajaban de espaldas porque no podían dejar de admirar la belleza de la montaña amarilla.



















Alguien se podrá preguntar cómo será esta montaña en un amanecer o en el ocaso. Bien, este que escribe no pudo resistirse a la tentación y acompañado de mi fiel compañera de viajes y aventuras, se levantó a las 4 de la madrugada para comprobarlo .... pero eso es otra historia.

domingo, 1 de febrero de 2009

Shigu



















En un recóndito pueblo del suroeste de China el tiempo se detiene. A pocos metros, el Yangtzé se revuelve y retrocede sobre sus pasos. Se detiene en su huida, para regalar el beneficio de sus caudalosas aguas.

Aquí, en Shigu, la primera curva del río Yagntzé es venerada. Pero no tiene monumentos, ni placas.

Por aquí pasaron las huestes chinas a conquistar el Tibet, y por aquí también pasaron los guerreros tibetanos para arrojar de sus tierras a los invasores imperiales. Por aquí pasó la larga marcha roja del ejército rojo hacia el norte. Las gentes de Shigu, de la minoría étnica Naxi, han pasado la vida con una espada en la mano y en la otra una azada.

Si el viajero camina por sus calles y está atento, no puede dejar de oír, entre el bullicio de sus habitantes vociferando en el mercadillo, el eco de hazañas pasadas. El rumor de los caballos atravesando el río, el choque de las espadas y el sangriento fragor de alguna batalla…. en Shigu, el tiempo no se detiene.